Eneida
Eneida y aventaja en su huida a la corriente del Hebro volandero.
Le colgaba del hombro, a usanza cazadora, el arco presto;
había dado al viento sus cabellos para dejarle ir esparciéndolos;
320 desnuda la rodilla, prendidos por un lazo los pliegues de la clámide flotante.
Y se adelanta a hablarles: «Eh, jóvenes, decidme si habéis visto tal vez
a una de mis hermanas vagando por aquí.
Va ceñida de aljaba y viste piel de rameado lince
o va acosando a gritos la carrera de un jabalí espumeante».
325 Así habla Venus, y así el hijo de Venus le responde:
«No he escuchado los gritos ni he visto yo
a ninguna hermana tuya. ¡Oh! ¿Qué nombre he de darte, muchacha?
No es tu cara de persona mortal y no suena tu voz a voz humana.
Sí, diosa, estoy seguro. ¿O una hermana de Febo?
¿O una de la familia de las ninfas? Danos tu favor,