Eneida
Eneida a la que dan cien anchos corredores, cien bocas, de donde otras cien voces
salen con sus respuestas sibilinas.
Ya han llegado al umbral y la virgen prorrumpe:
45 «Es el momento de que pidas tu oráculo. ¡El dios, mÃralo, el dios!»
Estaba hablando ante la misma puerta cuando de pronto se le altera el rostro,
se le muda el color, su cabello se desata, el pecho le jadea, se hincha su corazón
fiero de rabia, su estatura parece mayor y no suena su voz a voz humana,
50 pues el poder del dios le va insuflando su aliento cada vez más cerca.
«¿Retardas tus promesas y tus preces, troyano Eneas?
¿Las retardas? —prorrumpe—.
Hasta que lo hagas, no se abrirán las anchas bocas del recinto atónito».
Dice esto y enmudece. Un gélido terror corre a través de los rÃgidos huesos
55 de los teucros. El rey da suelta a sus preces de lo hondo de su pecho.
«¡Febo, que siempre te apiadaste de los graves sufrimientos de Troya,
que guiaste los dardos de los dárdanos y la mano de Paris