Eneida

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dictados a mi pueblo[153] y te dedicaré a ti, confortadora, varones escogidos.

Guárdate de fiar sólo a las hojas tus augurios, no sea que revueltas

75 den en volar, juguete de una rauda ventolera. Tú misma cántalos, te lo pido».

Cesa de hablar. En tanto la adivina, todavía no sometida a Apolo,

corre por la caverna enfurecida por si puede sacudir de su pecho

el poderoso espíritu del dios. Pero éste hace estallar con mayor fuerza

80 su boca espumeante y domeña su frenesí y lo fuerza y moldea a su capricho.

Ya se han abierto las cien enormes puertas del recinto por sí solas

y van dando a las brisas las respuestas que emite la adivina:

«¡Tú que al fin has logrado superar graves trances en el mar,

—te aguardan todavía en tierra otros mayores— llegarán los Dardánidas

al reino de Lavinio (libra tu ánimo, pues, de ese temor),

85 pero desearán no haber llegado! Guerras, horrendas guerras estoy viendo


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