Eneida

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435 y por odio a la luz expulsaron sus vidas. ¡Qué a gusto ahora en la diáfana

claridad de allá arriba sufrirían la pobreza y el rigor de penosos trabajos!

Pero una ley divina lo veda y les ciñen las aguas desoladas de la odiosa laguna

y se interpone la Estigia aprisionándolos en sus nueves repliegues.

No lejos aparecen extendidos en todas direcciones los campos de las lágrimas,

440 —así se los designa—. A los que el duro amor

fue consumiendo con su cruel congoja,

allí escondidas sendas los acogen en los claros de una umbría de mirtos.

445 Ni en la misma muerte les abandona su ansiedad. Ve allí a Fedra[172] y a Procris y a Erífila desolada, mostrando las heridas que recibió de su hijo despiadado.

Y a Evadne y a Pasífae; les hacen compañía Laodamía y Ceneo,

en otro tiempo mozo ahora mujer de nuevo,

devuelto por los hados a su forma primera.

Entre ellas iba la fenicia Dido vagando por un bosque espacioso

450 con su herida abierta todavía. Así que el héroe troyano estuvo cerca de ella


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