Eneida
Eneida y las entrañas que crecen sin cesar para el castigo
y las horada en busca de alimento
600 sin dar tregua a las fibras que renacen. ¿A qué hablar de los lápitas
Ixión y Pirítoo[181]? Pende amenazadora sobre ellos negra roca.
Parece que ya va a deslizarse, va a caer. Brillan respaldos de oro
en los altos divanes suntuosos y ante los mismos ojos la mesa aderezada
605 con aparato regio. Está echada a su lado la mayor de las Furias
y prohíbe alargar las manos a la mesa, o salta antorcha en mano
lanzando gritos con su voz de trueno. Allí están los que en vida
no dejaron de odiar a sus hermanos; los que alzaron la mano
contra su padre; el que prendió en engaños al cliente,
610 o aquellos que empollaron a solas los caudales adquiridos
sin dar parte a los suyos —éstos son incontables—;
los que sufrieron muerte por adúlteros; los alzados en armas a favor