Eneida

Eneida

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Al punto en que vio a Eneas avanzando a su encuentro sobre el césped

685 tendió a él enardecido sus dos manos, inundadas en llanto las mejillas,

y prorrumpió en un grito: «¡Has venido por fin! Tu amor filial

en que tu padre tenía puesta el alma, triunfó de los rigores del camino.

Me es dado ver tu rostro, hijo, y oír tu voz que conozco tan bien y hablar contigo.

690 Sí, mi alma lo esperaba. Me imaginaba que habías de venir y contaba los días.

No me engañó mi afán. ¿Qué tierras, qué anchos mares has cruzado

antes de que pudiera yo acogerte? ¿Qué riesgos, hijo mío, has arrostrado?

¡Cuánto temí que el poderío de Libia te llegara a dañar!»

695 Pero él: «Tu imagen, padre, tu entristecida imagen,

que acudía a mi mente tantas veces, me ha impelido

a este umbral. Anclada está la flota en aguas del Tirreno.

Dame a estrechar tu mano, padre mío, y no esquive tu cuello mis abrazos».


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