Eneida
Eneida tachonada de estrellas rutilantes. Ya ahora ante su llegada empavorecen
oráculos divinos el reino del mar Caspio y la región del lago Meotis[194].
800 Los repliegues de las siete bocas del Nilo se estremecen de terror.
Ni Alcides en verdad anduvo tantas tierras aun cuando su saeta
clavó en la cierva de los pies de bronce y devolvió la paz al bosque de Erimanto,
y conmovió con su arco la laguna de Lema[195]. Ni el que guía su carro
805 con sus riendas de pámpanos, Libero victorioso,
cuando baja de la cresta cimera del Nisa[196] domeñando sus tigres.
¿Y dudamos todavía en desplegar nuestro valor luchando,
y va a impedir el miedo que asentemos la planta en tierra ausonia?
Pero, ¿quién es aquel que veo allí a lo lejos coronado de olivo?
Va llevando en sus manos los objetos de culto.
Reconozco por sus cabellos y la blanca barba al rey romano,
810 aquel que llamado desde su parva Cures y de su pobre tierra