Eneida

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170 era edificio de majestuosa traza, espacioso,

enhiesto en cien columnas. Se alzaba en las alturas de la ciudad.

Infundía terror el cerco de sus bosques venerado de atrás por sus mayores.

Recibir allí el cetro y alzar por vez primera el fajo de haces[220]

era para los reyes señal de buen agüero. Servía este santuario

175 para ellos de senado. Allí se celebraban los festines sagrados.

Allí los nobles tenían por costumbre, después del sacrificio de un carnero,

sentarse en largas filas a la mesa. Es más. Allí a la entrada figuraban por orden

talladas en cedro venerable las efigies de los antepasados vetustos:

el rey Ítalo con el padre Sabino, el que plantó la vid

—conservaba en su imagen la corva podadera—,

180 y el anciano Saturno y la efigie de Jano, el dios bifronte,

y de los otros reyes partiendo del primero y de los héroes

que sufrieron heridas en la guerra luchando por la patria.


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