Eneida
Eneida allá desde el Paquino siciliano a Eneas jubiloso
y a sus naves dardanias. Ve que ya alzan las casas y seguros en tierra
290 han dejado la flota abandonada. Se detiene. Le punza vivo dolor el alma.
Menea la cabeza y da suelta de lo hondo a estas palabras:
«¡Ay, raza aborrecida! ¡Ay, hados de los frigios contrarios a los míos!
¿No pudieron sucumbir en los llanos del Sigeo?
¿No pudieron quedar cautivos cuando fueron apresados?
295 ¿No pudieron las llamas de Troya reducirlos a cenizas?
¡Ah, no! Se abrieron paso a través de las líneas de batalla en medio del incendio.
Sin duda mi divino poder yace rendido, o he saciado ya mi odio
y me he dado al descanso. Pero sí, cuando fueron lanzados de su patria,
he tenido el valor de perseguirlos en furia por las olas
300 y oponerme a su huida a lo largo del mar.
En vano se ha gastado con los teucros
todo el poder del mar y el de los cielos. Y ¿de qué me han servido