Eneida
Eneida 275— había en sus establos espaciosos trescientos potros de luciente pelo—.
Manda al punto se lleve a cada uno de los embajadores troyanos
un corcel de alado casco, con su gualdrapa de púrpura bordada.
Lucen colgada al pecho su collera de oro,
jaeces de oro y van tascando entre sus dientes frenos de oro oscuro.
280 Para Eneas ausente un carro con su tiro, su pareja de potros.
Son de raza celeste —resopla su nariz vaharadas de fuego—,
de la sangre de aquellos bastardos que logró la astuta Circe
cruzando con su yegua los mismos garañones
que hurtó a su padre, el Sol. Éstos eran los dones y el mensaje
285 del rey Latino con que vuelven montando sus bridones
los de Eneas, portadores de promesas de paz.
Pero, ¡ay!, entonces regresaba de Argos, la ciudad de Ínaco[225],
la esposa implacable de Júpiter, señoreando en su carrera el aire,
cuando avista desde el cielo a lo lejos,