Eneida
Eneida y el esplendor futuro de su reino. En el umbral del templo de la diosa,
505 bajo la misma bóveda del centro, su guardia le da escolta,
se eleva a su alto solio y toma asiento. Daba órdenes y leyes a su pueblo,
distribuía en partes iguales las tareas, o dejaba a la suerte decidirlas.
Eneas, de improviso, por entre un gran tropel ve abrirse paso
510 a Anteo y a Sergesto y al valeroso Cloanto y a otros teucros
que había dispersado por el mar el negro torbellino y alejado a otras playas.
A su vista queda Eneas pasmado, pasmado queda Acates,
515 transido de alegría y de temor. Ardían en deseos de estrecharse las manos,
pero les desconcierta aquel misterio. Disimulan y espían,
al amparo de su cóncava nube, la suerte que han corrido los suyos,
en qué playa han dejado sus navíos, qué pretenden.
Eran los elegidos entre todas las naves y venían al templo