Eneida
Eneida prendidos a sus sienes ramos de álamo. Va el coro de los jóvenes a un lado,
los ancianos al otro. Ensalzan con sus cantos
los loores y las proezas de Hércules,
primero cómo ahogó dos sierpes en su mano,
los monstruos que le había mandado su madrastra,
290 cómo arrumbó en la guerra dos ciudades egregias, la de Troya y Ecalia
y soportó los riesgos de mil pruebas al servicio del rey Euristeo
cumpliendo los designios de la inicua Juno. «¡Tú, invicto, diste muerte
por obra de tu brazo a los centauros, los seres de dos formas
nacidos de la nube, Hileo y Folo, tú al espanto de Creta
295 y al enorme león bajo la roca de Nemea! Tembló a tu vista la laguna Estigia,
a tu vista tembló el guardián del Orco en su antro ensangrentado
recostado en su osambre a medio roer. Ni te espantó vestigio
ni el talludo Tifeo[261] empuñando sus armas ni se turbó tu mente
300 cuando la hidra de Lerna tendió a tu alrededor su sarta de cabezas.