Eneida
Eneida ¡Salve, hijo verdadero de Júpiter, que añades a los dioses nueva gloria,
asístenos y acude favorable con buen pie a tu sagrado rito!»
Así celebran con cantos sus proezas. Y ensalzan por remate
la caverna de Caco y las llamas que el monstruo vomita por su boca.
305 Y a su clamor resuena todo el bosque y devuelven el eco los collados.
Una vez terminadas las sacras ceremonias
van volviendo todos a la ciudad. Camina el rey
cargado por el peso de los años. Lleva en su compañía
a Eneas y junto a él a su hijo y con pláticas varias alivian el camino.
310 Maravillado Eneas vuelve prestos los ojos a todo en derredor.
Se prenda del lugar e inquiere y va escuchando complacido,
detalle por detalle, recuerdos de los hombres anteriores.
Entonces interviene el rey Evandro, el que había fundado el alcázar de Roma:
«Poblaron estos bosques otro tiempo unos faunos y ninfas[262]