Eneida
Eneida se dirige a Vulcano, y comienza así a hablarle en su tálamo de oro
e infunde amor divino a sus palabras:
«Mientras reyes argivos asolaron Pérgamo y sus alcázares,
375 y condenados por el hado a caer entre llamas enemigas,
no pedí ayuda alguna para su desventura, ni las armas que forja
tu destreza y tu poder, ni pretendí imponerte, esposo queridísimo,
un esfuerzo penoso inútilmente aunque debía tanto a los hijos de Príamo
y me habían costado muchas lágrimas los duros trances que pasaba Eneas.
380 Ahora ha plantado pie por mandato de Júpiter en la costa de los rútulos.
Por eso yo que nunca lo he pedido, acudo a ti ahora en súplica
y demando de tu poder divino, que venero, armas para mi hijo
como pide una madre para el suyo. Bien consiguió ablandarte con sus lágrimas
la hija de Nereo[271] no menos que la esposa de Titono.
385 Mira qué pueblos se han aliado, qué ciudades