Eneida
Eneida y memoriales de hombres de otros tiempos. Este alcázar lo erigió el padre Jano,
aquel otro, Saturno. Asà que el nombre de éste era JanÃculo y Saturnia el de aquél».
Conversando ambos asÃ, se acercaban subiendo la pendiente
360 a la morada del austero Evandro. VeÃan esparcidas por el Foro romano
y las espléndidas Carinas[269] vacadas que mugÃan. Al llegar al albergue:
«Este umbral lo transpuso Alcides victorioso —añade—,
¡este mismo palacio le acogió!
No dudes, huésped mÃo, en despreciar los bienes materiales
365 y sabe hacerte digno de aquel dios. No te avergüence esta pobreza[270]».
Asà dice y conduce bajo el techo de la estrecha morada al corpulento Eneas
y lo acomoda sobre un lecho de hojas que cubre con la piel de una osa libia.
Cae la Noche y abraza la tierra con sus alas sombrÃas.
Venus, estremecido su corazón de madre de temor no infundado,
370 conmovida ante las amenazas y la fiera revuelta de los laurentes,