Eneida
Eneida 515 mi Pasante, mi esperanza y consuelo. ¡Que mirándose en ti aprenda a soportar
la milicia, los trances y los duros trabajos de la guerra!
¡Que tenga ante sus ojos tus proezas, que ponga en ti el asombro
de sus primeros años! Le daré dos centenares de jinetes árcades,
la flor de nuestros jóvenes guerreros.
Y te dará Palante en su nombre otros tantos».
520 Apenas acababa el rey de hablar y ya Eneas, el hijo de Anquises, y el fiel Acates,
fijos los ojos en el suelo, estaban sopesando
la larga serie de sus duros trances en sus entristecidos corazones
si la diosa de Citera no les hubiera dado una señal en el cielo sereno.
De repente vibra el fulgor de un rayo en la altura del aire y suena un trueno.
525 Y parece que todo se derrumba y que a través del aire la trompeta tirrena
rezonga su clangor. Alzan la vista. Un potente fragor rueda que rueda.
Ven armas rebrillar entre una nube allá en el aire claro.
Retumba su chasquido como un trueno.