Eneida
Eneida 530 Quedan sobrecogidos los otros, pero el héroe troyano reconoce el sonido
y las promesas de su madre divina. Y advierte al rey:
«No inquieras, amigo que me acoges, te lo pido,
qué anuncia ese prodigio. Me llaman del Olimpo.
Es ésta la señal que mi madre divina predijo mandaría al estallar la guerra
y vendría en mi ayuda trayendo por los aires unas armas
535 forjadas por Vulcano. ¡Ah, qué atroces matanzas
amenazan a los desventurados laurentinos!
¡Qué caro me lo vas a pagar, Turno! ¡Qué de escudos y yelmos y cadáveres
de esforzados guerreros van a ir entre tus ondas rodando, padre Tiber!
540 ¡Que presenten batalla! ¡Que rompan su alianza!»
En diciendo esto se alza de su alto asiento. Empieza removiendo el altar
donde duerme el fuego de Hércules.
Después se acerca alegre al lar que honró la víspera
y a los humildes dioses de la casa. Evandro sacrifica, como es uso,