Eneida

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El padre Evandro entonces estrechando la mano del hijo que se va,

se abraza a él y prorrumpe sin poder saciar el llanto:

560 «Ah, si quisiera Júpiter devolverme mis años juveniles,

como era entonces cuando al pie de los muros de Preneste

arrollé la vanguardia de enemigos

y quemé vencedor pilas de escudos

y mandó este mi brazo a las simas del Tártaro

al rey Érulo, aquel a quien su madre Feronia[277] —horroriza contarlo—

565 le dio al nacer tres vidas. Le era dado vestir tres armaduras.

Tres veces era fuerza darle muerte.

Pues le arrancó las tres, este mi brazo, con sus tres armaduras.

Nada podría ahora despegarme, hijo, de la dulzura de este abrazo,

ni Mezencio me hubiera escarnecido en mi misma frontera,

570 ni me hubiese causado con su espada tan cruel mortandad,

ni dejado viuda de tantos hombres la ciudad.

Pero vosotros, poderes de la altura, y tú, Júpiter,


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