Eneida
Eneida egregio soberano de los dioses, tened piedad de este rey árcade,
os lo pido, y escuchadme: si vuestra voluntad, si mis hados me guardan
575 incólume a Palante, si vivo nada más para volver a verle y juntarme con él,
pido seguir viviendo, consiento en soportar toda clase de pruebas.
Pero si me amenazas, Fortuna,
con un trance imposible de expresar con palabras,
déjame ahora, ahora mismo cortar los lazos de esta odiosa vida,
mientras aún mi ansiedad se vuelve a un lado y a otro,
580 mientras aún mi esperanza no adivina el futuro,
mientras a ti, mi mozo, el único y tardío gozo mío,
te tengo entre mis brazos, antes de que la nueva más cruel
llegue a herir mis oídos». Estas palabras exhalaba el padre
en el último adiós. Sus sirvientes lo retiran desmayado a su casa.
585 Había traspasado la cabalgata las abiertas puertas. Iba en cabeza Eneas