Eneida
Eneida 615 y hasta al brioso Turno». Dice y tiende los brazos
hacia su hijo la diosa de Citera[279]
y deposita las radiantes armas debajo de una encina enfrente de él.
Este, gozoso con los dones de la diosa y con el alto honor,
no acierta a saciar su alma de contento. Y vuelve la mirada a cada pieza
y se asombra a su vista y las toma en sus manos y sopesa en sus brazos
620 el yelmo pavoroso con su penacho y su raudal de llamas,
la espada portadora de la muerte, el duro coselete,
foijado en bronce, de color de sangre, enorme, como grisácea nube
que, embestida por los rayos del sol, arde y fulge su lumbre desde lejos.
Y a una con ello las bruñidas grebas de electro[280] de oro refinado
625 y la lanza, y el trabajo indecible de forja del broquel.
Pues el señor del fuego, que sabe de presagios de adivinos,
a quien no se le oculta el porvenir, había labrado en él la historia