Eneida
Eneida que fueron los primeros que ocuparon antaño los confines latinos.
No distantes de allí, Tarcón y sus tirrenos
tenían sus reales a seguro por la naturaleza del lugar.
De lo alto del collado se podía avistar todas sus tropas.
605 Desplegaban sus tiendas por el ancho haz de los llanos.
Allí el caudillo Eneas hace alto con su leva de guerreros
y reparan jinetes y caballos su fatiga.
Pero la diosa Venus había ya bajado a traerle sus dones,
radiante de blancura, entre las nubes del cielo. Apenas desde lejos
610 acierta a ver a su hijo en el fondo del valle,
a solas en la orilla de la helada corriente,
se dirige a él así y aparece resuelta ante sus ojos:
«Aquí tienes los dones ya acabados
que prometió forjarte la destreza de mi esposo.
Ya puedes, hijo mío, sin recelo retar a los altivos laurentinos