Eneida
Eneida Niso prorrumpe: «¿Son los dioses, Euríalo,
los que infunden en nuestros corazones este ardor
185 o cada uno hace un dios de su ardoroso deseo?
Hace ya tiempo que me bulle en el alma
un afán de luchar o emprender algo grande.
No me resigno a esta apacible calma.
Tú ves qué confianza en su fortuna tienen puesta los rútulos.
Apenas parpadea alguna que otra luz.
Relajados por el sueño y el vino se han tendido de bruces por el suelo.
190 Reina el silencio a lo ancho y a lo largo. Oye lo que medito,
la idea que me acude a la mente. Todos, pueblo y ancianos,
piden a gritos que se llame a Eneas, que se le manden mensajeros
con noticias precisas. Si me prometen
lo que pienso pedirles para ti —yo quedo bien pagado con la gloria—
195 creo pudiera dar con el camino al pie de aquella loma
que lleva hasta los muros y los baluartes palanteos».