Eneida
Eneida Dice, pero la espada impelida con fuerza atraviesa el costado del muchacho
y desgarra el blanco pecho. Rueda a la muerte Euríalo.
La sangre va fluyendo por sus hermosos miembros
y el cuello desmayado se rinde sobre el pecho
435 como la purpúrea flor segada por la reja del arado,
que al morir, languidece,
o las amapolas, fatigado su tallo,
inclinan su cabeza bajo el peso de una racha de lluvia.
Niso se precipita en medio de los rútulos.
Sólo busca a Volcente. No para hasta alcanzarlo.
440 El enemigo en bloque se cierra en torno de él.
Tratan de rechazarle por un lado y por otro.
Pero él no cede en su coraje; gira que gira en derredor el rayo de su espada
hasta que al fin de frente se la entierra
en la boca del rútulo que prorrumpía en gritos.
Y así al morir arranca la vida a su enemigo. Y acribillado a heridas
se desploma sobre el cuerpo sin vida de su amigo