Eneida
Eneida 445 y allí al fin halla paz en el dulce sosiego de la muerte.
¡Pareja afortunada! Si algo pueden mis versos,
ningún día borrará vuestros nombres
del recuerdo del tiempo mientras more el linaje de Eneas[317]
en la firme roca del Capitolio
y siga el Padre de Roma manteniendo su poder.
450 Vencedores los rútulos se adueñan del botín y los despojos
y trasladan llorando a Volcente sin vida al campamento.
Y no es menor el duelo al encontrarse exánime a Ramnete
y a tantos otros jefes, víctimas todos ellos del degüello común, aquí a Serrano,
a Numa allí. Se agolpan en enorme tropel ante los cuerpos ya sin vida
455 o a punto de expirar, ante la tierra tibia de las muertes recientes todavía,
y los raudales de espumante sangre. Y en corro reconocen los despojos,
el esplendente yelmo de Mesapo y el tahalí que con tantos sudores recobraron.
La aurora, abandonando el lecho azafranado de Titono, ya empezaba a esparcir