Eneida
Eneida 460 su fresca claridad sobre la tierra. Ya iba el sol derramando sus rayos,
ya el día descorría el velo de las cosas, cuando Turno en persona,
ceñida la armadura, va llamando a sus hombres a las armas. Y cada jefe forma
con sus líneas de bronce su frente de batalla. Y enardece los ánimos
con distintas arengas. Aún más: en sus enhiestas picas —apena contemplarlo—
465 enclavan las cabezas de Euríalo y de Niso
y con grandes gritos van siguiéndolas.
Los tenaces Enéadas han montado su frente
en el costado izquierdo de los muros,
pues el derecho lo rodea el río. Guardan sus anchos fosos
470 y están firmes en lo alto de sus torres con el rostro sombrío.
Les conmueven el alma las cabezas de los suyos clavadas en la punta de las picas
—de sobra conocidas por los infortunados—
que van manando sangre corrompida.
Entre tanto la Fama alada revolando por el medroso campamento se precipita en él
con la noticia y se filtra en los oídos de la madre de Euríalo.