Eneida

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475 El calor abandona de repente los miembros de la desventurada;

la lanzadera se le cae de las manos y se le enredan las madejas.

Sale veloz la desdichada. Prorrumpe en alaridos de mujer,

se mesa los cabellos, vuela al muro,

a las primeras filas delirante. No repara en guerreros

480 ni en peligro ni en dardos. Al cabo llena el cielo con sus quejas:

«¡Euríalo! ¿Eres tú lo que estoy viendo? Pero tú,

aquel tardío consuelo de mis años,

¿has podido, cruel, dejarme sola? Al mandarte a tan grandes peligros

ni siquiera ha logrado darte el último adiós tu pobre madre.

485 ¡Ay! Yaces en tierra extraña echado como presa a los perros

y a las aves del Lacio. Y yo, tu madre, no he ido

a llevarte a la pira ni he cerrado tus ojos, ni he lavado tus heridas

ni ha podido cubrirte ese vestido que de día y de noche,


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