Eneida
Eneida desalada, para ti apresuraba, con lo que en el telar
iba aliviando mis afanes de anciana. ¿A dónde iré en tu busca?
490 ¿Qué tierra es la que acoge tu cuerpo lacerado, tus miembros desgarrados?
¿Eso es todo lo que de ti, hijo mío, me devuelves? ¿Para esto te he seguido
por tierra y mar? ¡Heridme a mí, si os queda un resto de piedad,
arrojad, rútulos, contra mí todos los dardos,
aniquiladme a mí con vuestro hierro
antes que a ningún otro. O ten piedad de mí, tú, padre de los dioses poderoso,
495 y precipita esta odiosa cabeza con tu rayo en el Tártaro, pues no puedo romper
de otro modo los lazos de esta vida tan cruel!»[318].
Sus lamentos estremecen los ánimos. Un gemido angustioso prende en todos,
se quebranta y languidece su ímpetu de lucha.
Y como hace que cunda la tristeza,
500 por orden de Ilioneo y de Julo, que llora sin cesar,
Ideo y Áctor la recogen y se la llevan a su albergue en brazos.