Eneida
Eneida Avanzan a la par sobre las olas que al nadar van hendiendo.
Son tantas como proas de bronce se alineaban primero en la ribera.
Reconocen de lejos a su rey y danzando le rodean.
La más diestra en hablar de todas ellas,
225 Cimodocea le sigue, asida la popa con la diestra
—sobresale su pecho a flor del agua—,
con su otra mano agita por debajo como un remo las ondas silenciosas.
Y habla asà con Eneas que lo ignoraba todo:
«Pero, ¿velas tú, Eneas, vástago divino?
Vela y suelta las jarcias a las lonas. Somos tus naves, pinos un dÃa
230 de la cumbre sagrada del monte Ida, ahora ninfas marinas.
Cuando el rútulo traidor nos acosaba a hierro y fuego
por arrumbarnos de cabeza, rompimos contrariadas las amarras
con que tú nos ataste y vamos por el mar en busca tuya.
Se apiadó de nosotras la gran Madre y nos dio esta traza que ves