Eneida
Eneida 235 y nos hizo la merced de ser diosas y de poder morar bajo las olas.
Está entre tanto tu pequeño Ascanio cercado entre los muros y los fosos,
en medio de los dardos y del furor guerrero que enardece a los latinos.
Ya los jinetes árcades mezclados de valientes etruscos ocupan los lugares asignados.
240 Es firme plan de Turno impedirles el paso con el muro de su caballerÃa
para evitar que logren unirse al campamento.
¡Ea, en pie! Y al apuntar la aurora
manda luego llamar a tus aliados a las armas y embraza aquel escudo
que te dio el dios del fuego, el escudo invencible,
que orló de un ruedo de oro.
Mañana, si no tomas por vanas mis palabras, el sol verá la ingente matanza
245 en los montones de cadáveres rútulos». Dice y al retirarse impulsa la alta popa
—que es bien mañera en ello—. Y huye la nave por las ondas
más veloz que un venablo o la saeta que empareja su vuelo con el viento.
Entonces aceleran su marcha las demás. Maravillado, atónito