Eneida
Eneida 250 permanece el troyano hijo de Anquises. Pero el presagio le conforta el alma.
Y mirando a la bóveda celeste alza esta breve súplica:
«¡Alentadora madre del Ida y de los dioses, que pones tus amores en Díndima,
en las ciudades torreadas y en el par de leones uncidos a tu carro,
sé mi guía en la lucha, da presto cumplimiento debido a tu presagio,
255 asiste, diosa, favorable a los frigios!»
No dijo más. En tanto, cumplido ya su giro,
iba rompiendo el día en raudales de luz y había puesto en fuga ya a la noche.
Comienza por mandar a los suyos que sigan sus señales
y que apresten el ánimo al combate y que se preparen a la lucha.
Ahora en pie en la alta popa ya tiene ante los ojos a los teucros
260 y el campamento. Iza su brazo izquierdo el fulgurante escudo.
Alzan un clamoreo los dárdanos al cielo desde el muro.
Su esperanza recobrada reaviva su coraje. Disparan vigorosos sus venablos,