Eneida
Eneida como entre negras nubes dan señales las grullas del Estrimón[356]
265 surcando los aires vocingleras mientras huyen del Noto con gritos de alegría.
Maravilla al rey rútulo y a los jefes ausonios aquella novedad
hasta que ven girando la mirada que las naves enfilan a la ribera
y todo el mar surcado por la flota que avanza.
Fulge el crestón del yelmo de Eneas,
270 vierte lumbre su airón en derredor
y arroja su áureo escudo borbollones de fuego,
igual que a veces en las noches claras brillan rojos de sangre los cometas
con lúgubre fulgor o surge ardiente Sirio portando a los dolientes mortales
275 sed y plagas y entristeciendo el cielo con su siniestra luz.
No pierde la osadía de Turno su esperanza de ganar antes que ellos la ribera
y arrojar de su tierra al invasor.
Trata de levantar el ánimo a los suyos y los acucia así:
«Tenéis lo que queríais, ensartarlos en la espada.
En vuestras manos está ya el mismo Marte, camaradas.