Eneida
Eneida y el corazón que había ya perdido la costumbre de amar.
Llega el banquete a su primer descanso, y retiran las mesas.
Traen grandes tazas y las van coronando con guirnaldas.
725 Un gran bullicio surge en el palacio: las voces ruedan por los amplios atrios.
De los dorados artesones cuelgan fanales encendidos. Las teas llameantes
señorean las sombras. La reina pide entonces una copa maciza de pedrería y oro
y la Ilena de vino hasta los bordes, la misma que solía beber el primer Belo
730 y sus regios descendientes. La sala se hace toda silencio.
«Júpiter, tú que dictas leyes al que recibe y da hospitalidad
según dicen, haz que sea este día feliz para los tirios
y los que han arribado desde Troya, que nuestros descendientes
guarden memoria de él. Que esté presente Baco,
dador de la alegría, y con él la generosa Juno. Vosotros, tirios,
735 celebrad este encuentro de buen grado». Dice y vierte en la mesa