Eneida
Eneida Tú eres el que saltando encima de las ruedas lo abandonas».
595 Dice y sujeta presto el tiro de corceles.
Su hermano, deslizado del mismo carro en tierra,
tendía infortunado sus desvalidas palmas hacia Eneas:
«¡Por ti, héroe troyano, por los padres que engendraron a tal hijo,
otórgame la vida, ten compasión de mí que te lo imploro!»
Porfiaba en sus súplicas. Pero Eneas le ataja:
«No decías lo mismo hace un momento.
600 Muere. Un hermano no debe abandonar nunca a su hermano».
Y la punta de la espada abre vía en su pecho, allá en el escondrijo de la vida.
Así iba por el llano sembrando estrago el jefe de los dárdanos
ardiendo de furor lo mismo que torrente montañero o negro torbellino.
Al cabo irrumpe el joven Ascanio y los guerreros teucros
605 dejando el campamento cercado en vano. Júpiter entre tanto aborda a Juno:
«¡Hermana y a la par dulcísima esposa mía!
Como pensabas —no te has engañado—,
es Venus quien sostiene a las tropas troyanas.