Eneida
Eneida lo reviste de las armas del dárdano, simula el escudo y las plumas del airón
en la cabeza del hijo de la diosa y le dota de palabras vacías,
640 sonidos sin sentido, y remeda sus pasos al andar, igual que esos espectros
que se dice revuelan cuando se ha ido la muerte o como las visiones
que engañan los sentidos entre sueños. El fantasma gozoso
exulta por delante de las primeras filas, provoca al enemigo con sus armas
645 y le hostiga dando voces. Y Turno lo acomete y le dispara su lanza silbadora
desde lejos. Pero él vuelve la espalda y retrocede.
Piensa entonces el rútulo que Eneas huye de él y que abandona el campo,
y su ánimo engreído se le embebe de vanas esperanzas.
«¿A dónde huyes, Eneas? No te pierdas la boda concertada.
Esta diestra va a darte las tierras que buscabas
650 por los mares». Farfullando estos gritos le persigue. Blande a los aires
su desnuda espada y no ve que los vientos van llevándose su gozo.