Eneida
Eneida y eleva las dos manos y la voz a un mismo tiempo al cielo:
«¡Omnipotente Padre! ¿Es que has creído que era yo tan culpable
y has querido imponerme este castigo? ¿A dónde me arrebatan?
¿De dónde vengo? ¿Por qué huyo?
670 ¿De qué traza me presento de nuevo? ¿Volveré a ver los muros laurentes
y mi campo de guerra? ¿Qué va a ser de las tropas que han seguido
mi mando y mis banderas y he dejado —¡qué infamia!— a todos ellos
en las garras de una afrentosa muerte y estoy viendo dispersos
y percibo los gemidos que exhalan al caer? ¿Qué voy a hacer? ¿Habrá sima
675 de tierra lo bastante profunda que me trague?
O mejor, vosotros, vientos, apiadaos de mí,
llevad mi nave a los escollos, a las rocas
—de corazón, yo Turno, os lo imploro—
y estrelladla contra los bancos de crueles sirtes a donde ni los rútulos
ni la fama de mi oprobio me puedan perseguir». Dice y fluctúa su ánimo