Eneida
Eneida se ignoraba el origen de su padre. Se levanta a hablar y sus palabras
avivan y embravecen la cólera: «La cuestión que propones, a nadie se le oculta,
buen rey, ni necesita la apoyen mis palabras. Cada uno de nosotros
345 tiene plena conciencia de lo que exige el interés del pueblo, pero teme decirlo.
Dé licencia de hablar y deponga su orgullo esa persona de infausto caudillaje
y proceder siniestro —lo diré por más que me amedrente
con las armas y con la misma muerte—,
la que ha hecho perecer tantos gloriosos adalides nuestros y que veamos
nuestra ciudad entera hundida en duelo
mientras él fiado en la presteza de sus pies
350 hostiga el campamento troyano y con sus armas empavorece el cielo.
Un solo don te ruego añadas tú, el mejor de los reyes, a ese cúmulo de dones
que nos mandas llevar y prometer a los hijos de Dárdano.
Uno solo: que no haya fuerza alguna
que estorbe tu derecho de padre a dar la mano de tu hija en nupcias dignas de ella