Eneida
Eneida y desde el alto umbral dan suelta a sus lamentos desolados:
«Poderosa en las armas, señora de la guerra,
tú, doncella Tritonia[389], quiebra la lanza del pirata frigio
485 con tu mano, derríbalo de bruces por el suelo
y póstralo delante de nuestras altas puertas».
Enfebrecido en ansias de pelea está armándose Turno.
Ya encaja la coraza rutilante
erizada de escamas de bronce. Ya rodean sus piernas grebas de oro.
Desnudas aún las sienes se ha ceñido al costado la espada.
490 Centelleante de oro baja raudo de la alta ciudadela. Exulta de coraje.
En su esperanza ya prende con su mano al enemigo, como cuando un corcel
rompiendo su ronzal ha huido del establo y libre al fin,
ya dueño de toda la llanura
o corre al pastizal de la yeguada o sigue su costumbre
495 de hundirse en la corriente conocida y sacude vibrante la cabeza