Eneida
Eneida Quedó hincada temblando y sacudido por el golpe el vientre,
resonaron rompiendo en un gemido sus huecas cavidades.
Y a no haberlo estorbado el designio divino,
a no estar obcecada nuestra mente,
55 ya nos había instado Laoconte a destrozar
a punta de hierro los argivos escondrijos
y Troya aún estaría en pie y tú te mantendrías todavía, alto alcázar de Príamo.
En esto, a grandes gritos unos pastores dárdanos[23] arrastraban
a presencia del rey a un mozo con las manos atadas a la espalda.
60 Para urdir su añagaza y abrir Troya a los aqueos se había presentado a ellos,
según venían, sin conocerlos, por su propio impulso,
seguro de sí mismo, dispuesto a lo que fuese,
a desplegar su trama de arterías o a arrostrar una muerte segura.
Afanosa de ver, de todas partes la mocedad troyana irrumpe rodeándole
65 y porfía en mofarse del cautivo. Ahora disponte a oír las añagazas de los dánaos
y de uno aprende la maldad de todos. Al punto en que se halló