Eneida
Eneida Allí es donde la diosa planta el pie con su gracia sin par de un raudo aleo
y va buscando con la vista a Arrunte. Apenas lo divisa
radiante en su armadura, pavoneándose fatuo:
855 «¿A qué te alejas?», le dice. «Acércate. Ven a morir aquí,
a recibir el premio que mereces por Camila.
Pero, ¿es que tú también has de morir por dardos de Diana?»
Dijo la ninfa tracia y de su aljaba de oro
extrajo una saeta voladora. Tiende con furia el arco, lo estira cuanto puede
860 hasta que ya curvado llegan sus empulgueras[396] a juntarse
y con sus manos a la misma altura,
con la izquierda tiene asida la punta de la flecha y sujeta la cuerda
al pecho con la diestra. Arrunte al punto percibe el estridor del dardo
al mismo tiempo que el silbo de las auras resonantes
y el hierro va a clavársele en el pecho.
865 Sus compañeros, despreocupados de él, lo dejan moribundo, exhalando
el último gemido sobre el polvo sin nombre de los llanos.