Eneida
Eneida Opis bate sus alas y se remonta hacia el etéreo Olimpo.
El escuadrón alado de Camila, privado de su dueña, es el primero que huye;
huyen los rútulos desconcertados, huye el brioso Atinas.
Los capitanes dispersos, sin jefes ya las compañías,
870 buscan seguro amparo, vuelven grupas
y enfilan a los muros los corceles. Nadie es allí capaz de aguantar el empuje
de los teucros, portador de la muerte, ni resistir su acometida
ni es capaz de pararse a hacerles frente. Desmadejado el arco
que cuelga de los hombros desmayados, los cascos de los potros
875 van batiendo la llanura al cuádruple compás de su galope.
Rodando hacia los muros va una turbia y sombría tolvanera.
Desde los miraderos las madres golpeándose los pechos
alzan un griterío mujeril a los astros del cielo.
A los que en la carrera se abalanzan a las puertas abiertas