Eneida
Eneida Un borbollón de sangre va fluyendo por toda su armadura y un pesado reposo,
310 un férreo sueño oprime sus ojos. Y se cierran sus órbitas
al sopor de la noche inacabable.
En tanto el fiel Eneas, desnuda la cabeza, extendía la mano desarmada
llamando a grandes voces a los suyos: «¿Dónde os precipitáis?
¿Qué discordia es ésta que ha surgido de repente?
Refrenad vuestra cólera. El pacto está sellado y las cláusulas todas concertadas.
315 Sólo a mí me toca combatir. Dejadme, desechad vuestro temor.
Yo haré firme este pacto
con mi espada. Por estos ritos sólo yo tengo ya derecho a Turno».
Mientras iba diciendo estas palabras
de pronto le alcanza una saeta que desliza su vuelo zumbadora y da en él.
¿Qué mano la arrojó? ¿Quién le imprimió su giro de turbión?
320 ¿Quién deparó a los rútulos tanto honor? ¿El azar?