Eneida
Eneida y a Timetes, al que había arrojado por el cuello de bruces su tozudo bridón.
365 Y como cuando sopla el Bóreas[419] desde Edonia, retumba el hondo Egeo
y abarra ola tras ola a la ribera y donde el viento acosa,
huyen las nubes por el cielo,
así por donde Turno se abre paso se retiran las tropas enemigas
y volviendo la espalda se derrumban las líneas de batalla.
Su mismo impulso le arrebata al rútulo. La brisa que a su carro da de frente
370 va batiendo en su airón las plumas volanderas. No soporta Fegeo
su acoso ni su brío enfurecido y se planta delante de su carro
y con la diestra tuerce a un lado los frenos de los raudos corceles
de belfos espumantes. Y mientras va arrastrado, pendiente de su yugo,
logra Turno alcanzarle el pecho descubierto con su lanza y su golpe le rasga
375 la cota de dos mallas y gusta nada más a flor de piel la sangre de la herida.
Él se vuelve, se cubre con su escudo e iba ya a acometer a su enemigo