Eneida
Eneida —tan vivo amor por él le ganó el alma— habÃa ido adiestrándole gozoso
en sus mismas artes y en sus propios poderes, el don de los augurios,
395 la cÃtara, las aladas saetas. Pero él, por retrasar el hado de su padre
puesto en trance de muerte, prefirió conocer las virtudes de las yerbas
y trazas de las curas y ejercer sin renombre sus artes de no sonada fama.
Bramando acerbamente en medio de un gran corro de guerreros
y de Julo entristecido, Eneas está en pie, se apoya en su imponente lanza
400 sin dejarse conmover por sus lágrimas. El anciano,
con el manto recogido hacia atrás
y ceñido a usanza de Peón[420], opera en vano
todo desazonado con su arte curativo
y con las yerbas de gran poder de Apolo. En vano trata de remover su mano
la punta del venablo y de prender el hierro con los tenaces dientes de las pinzas.
405 No le guÃa la mano la fortuna ni le asiste la inspiración de Apolo.
Entre tanto el horror de la batalla crece cada vez más en la llanura