Eneida

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y más cercano amenaza el peligro. Ya un nubarrón de polvo envuelve el cielo,

ya llegan a las puertas los jinetes. Cae una densa lluvia de dardos en el mismo

centro del campamento. Ya asciende hasta la cima del aire el alarido

410 de los hombres que luchan y de los que sucumben

bajo la dura mano del dios Marte.

Entonces Venus, movida del dolor inmerecido de su hijo,

recoge del monte Ida de Creta

con materna solicitud la yerba del díctamo[421]

—su tallo está cubierto de velludas hojas,

va engalanado de purpúrea flor—, yerba bien conocida de las cabras montesas

415 siempre que se les clavan en el flanco saetas voladoras.

Venus baja a traérsela envuelto el rostro en una oscura nube.

Antes impregna de ella el agua viva vertida en un brillante recipiente.

Y le infunde su secreta virtud. Y le rocía con el jugo vital

420 de ambrosía y fragante panacea. Lava el anciano Yápige la herida


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