Eneida
Eneida con ella bien ajeno a su virtud. Y al punto —fue verdad— huyó todo el dolor
y el flujo de la sangre se le detiene en lo hondo de la herida.
Y la flecha siguiendo la mano se desprende sin que nadie la obligue.
Y le vuelven nuevas fuerzas, el mismo vigor de antes.
425 «¡Las armas, ea, a prisa, traédselas! ¿A qué tardáis?», prorrumpe a gritos Yápige.
Y primero que nadie les incita a hacer frente al enemigo.
«Esta cura no es obra de ayuda alguna humana ni proviene de arte ni maestrÃa.
Algo mayor, un dios aquà ha mediado y te devuelve a obras mayores».
430 El, ávido de lucha se habÃa puesto ya las grebas de oro, la izquierda y la derecha
—le enoja la demora—, y ya blande la lanza. Cuando ya se ha ajustado
al costado el pavés y a su espalda el coselete, estrecha a Ascanio rodeándole
con sus armados brazos. Y rozándole apenas con los labios, a través del almete
435 le habla asÃ: «Aprende, hijo, de mà el valor y el esfuerzo verdadero,