Eneida
Eneida 465 ni al que le arroja dardos. Sólo a Turno va buscando,
mira que mira entre la espesa nube, sólo pide
enfrentarse con él. La varonil Juturna, acuciada de temor a su vista,
derriba de su carro a Metisco, el cochero de Turno que empuñaba las riendas,
470 y lejos del timón lo deja en tierra y ocupa su lugar y guía con sus manos
las riendas ondulantes y toma en todo la traza de Metisco,
en la voz, la figura y en las armas.
Como cuando una negra golondrina cruza y cruza volando por la espaciosa casa
de un opulento dueño y atraviesa los altos corredores recogiendo
475 sus menudos bocados, sustento de su nido parleruelo,
y ahora prorrumpe en trinos
por los vacíos pórticos, ahora en torno a las húmedas albercas,
así pasa Juturna llevada por sus potros entre los enemigos y recorre
en vuelo todo el campo en su carro veloz y ahora aquí y ahora allí
480 muestra ufana a su hermano victorioso, pero sin consentir trabe combate.