Eneida
Eneida Rauda lo va alejando campo afuera. No traza menos giros y revueltas
por darle alcance Eneas. Va siguiendo sus pasos y por entre la tropa desbandada
le llama a grandes voces. Cuantas veces divisa a su enemigo
y emula en la carrera la huida de sus potros voladores,
485 otras tantas Juturna gira y desvía el curso de su carro. ¡Ay! ¿Qué hará?
Va fluctuando en una marejada de zozobra.
Pensamientos contrarios le reclaman la mente a un lado y a otro.
Entonces corre raudo a su encuentro Mesapo,
que llevaba casualmente en la izquierda
dos flexibles jabalinas con remate de hierro. Y blandiendo una de ellas
490 se la asesta certero. Eneas se detiene, se cubre con su escudo,
hinca en tierra la rodilla. Pero la jabalina le alcanza la cimera
y desde su cabeza echa a volar las plumas del penacho.
Entonces sí que borbotea su ira, le exaspera la traición,
495 cuando ve que se alejan los caballos con el carro de Turno.