Eneida
Eneida cayó para no ver nuestra ignominia. Su cuerpo y su armadura están en poder
de los teucros. ¿Y yo voy a sufrir —no me falta ya otro oprobio—
que sean arrasadas nuestras casas y no va a darle réplica mi espada
a la mofa de Drances? ¿He de volver la espada y ha de ver esta tierra
645 huir a Turno? ¿Tan triste es el morir? ¡Manes, sedme vosotros favorables
ya que me son contrarios los dioses de la altura!
Bajaré a vuestro lado, yo alma limpia de mancha, ajena a tal reproche,
ni una vez indigna de mis altos ascendientes».
650 Apenas ha dicho esto cuando Saces —vedlo—
vuela montado en su espumante potro
a través de las filas enemigas. Viene herido en plena cara de un tiro de saeta.
Se derrumba e implora ayuda a Turno por su nombre:
«¡En ti, Turno, está puesta nuestra última esperanza!
Ten piedad de los tuyos. Eneas fulminando sus armas