Eneida
Eneida 655 amenaza arrumbar vuestras más altas torres y arrasarlo todo.
Las teas vuelan ya por los tejados.
Los latinos vuelven a ti sus ojos. El mismo rey Latino refunfuña
sin decidir a quién tomar por yerno o a qué alianza inclinarse. Y aún más,
la misma reina, la que te era más fiel, se ha dado muerte por su mano
660 escapando aterrada de la luz. Sólo Mesapo y el brioso Atinas
sostienen nuestras líneas ante las mismas puertas. Por un lado y por otro
les asedian cerrados escuadrones. Una línea de hierro
eriza las desnudas puntas de sus espadas. Entre tanto
tú sigues con tu carro por el césped desierto».
Atónito, confuso ante aquel cuadro
665 de múltiples desgracias, quedó Turno mirándole en silencio.
Concentrada en el alma le hierve una oleada de vergüenza
y un frenesí mezclado de dolor, y el amor acuciado por la furia