Eneida
Eneida y la conciencia de su valor. Al punto en que las sombras se disipan
y recobra su mente la luz, ardiendo de furor torció hacia la muralla
670 sus ojos centelleantes y se volvió a mirar desde el carro la espaciosa ciudad.
De pronto un torbellino de llamas va ondeando hacia el cielo,
gira piso por piso por la torre que tenía prendida.
Era la torre que entramando vigas había fabricado el mismo Turno
675 y calzado de ruedas y guarnecido de altos pasadizos.
«Ya, ya triunfa el hado, hermana. No me detengas más. Vayamos donde Dios
y la cruel fortuna nos reclaman. Estoy resuelto a luchar con Eneas,
decidido a sufrir toda cuanta amargura hay en la muerte.
680 No vas a ver, hermana, mi deshonor ya más. Déjame que desahogue este furor,
te lo pido, antes que llegue el trance.» Dice y salta veloz del carro a la campiña
y se arroja entre los enemigos a través de los dardos sin cuidar de su hermana;